Rubén murió. Un mexicano Residente de EU. Leandro también murió. Un indocumentado más.

Rubén murió. Eso es todo. Residente legal permanente en EU. Una vida en la sombra llena de mentiras y secretos. Una vida compartida con quien legítimamente era Rubén, su hermano. Ambos compartían la misma identidad.

Leandro podía ir y venir cuantas veces quisiera de los Estados Unidos pues por algún acuerdo con su hermano Rubén, de esos que sólo en la juventud se entienden, decidió éste último darle su residencia legal adquirida en aquel lejano 1987 por la amnistía. Sí, así mismo, darle.

De esta manera, Leandro dejó de existir para el mundo exterior americano. Y sólo hubo un Rubén divido en dos vidas. Aquel que en México estaba casado con Consuelo y dos hijos. Que seguía sus días sobreviviendo con la venta de tacos en el patio de su casa y a 33 años de distancia, añoraba a diario ir a los EEUU pero no podía. Quería tramitar aunque fuese una visa de turista pero Rubén ya estaba registrado como Residente viviendo en Denver y trabajando en las pipes lines. Sus hijos y doña Consuelo le reprochaban, pues a pesar de querer ir a los EU e intentar en varias ocasiones la visa, se las negaban pues su papá tenía la opción de hacer una petición a migración.

En EU, su hermano vivía con su nombre, trabajaba con su nombre, se hacía viejo con su nombre. Y a más de mil kilómetros de distancia, a ese otro Rubén, sus hijos y Verónica su esposa, le hacían amargamente los mismos reclamos pues no podía ayudarlos en nada. Portaba una mica de green card válida y todos lo conocían con un nombre que no era el suyo. Podía trabajar, comprar, salir y entrar sin problemas. Pero en casa, la mismísima obscuridad migratoria invadía su hogar. Lo atemorizaba. Tras los muros no había residente legal permanente, no existía el derecho de pedir beneficios para una esposa e hijos que sólo le pertenecían a Leandro. Ese que aparecía fantasmalmente unas horas por las noches y que era igual de indocumentado que su familia.

Leandro. Tristemente un día fue abandonado. Cada hijo se retiró a lugares distintos con sus ID falsos y sus seguros “chuecos”. La esposa, ya aburrida de su situación, se regresó a México para ver a sus padres. Ya nunca volvería. No podía.

El Rubén residente, eventualmente venía a México. Veía a sus hermanas y de manera incómoda, saludaba de reojo al verdadero Rubén, quien se tragaba tantos sentimientos que dolían, por darse cuenta que aquella decisión juvenil había anulado parte de ambas vidas.

Sus visitas empezaron a ser cada vez más distantes. Ya solo, el Rubén de los Estados Unidos sentía que no pertenecía a ningún lado. Pero en cierta ocasión, avisó que vendría a México. Su voz sonaba diferente. Lúgubre. Llegando anunció a todos un cáncer terminal. A los días murió. El acta de defunción aparece a nombre de Leandro, pues con esa identidad entró al hospital. Recuperó su muerte. En EU, la compañía donde trabajaba se enteró por algún trabajador de este hecho, y notificó la muerte de Rubén al ver que ya no regresaba. Se activaron los despachos de abogados para cobrar los seguros. Notificaciones llegaron hasta Zacatecas informando a su esposa que tenía derecho a beneficios como viuda. Bizarra situación, pues quien recibió la notificación del derecho de seguro de vida de Rubén fue el propio y verdadero Rubén. Él mismo miraba asombrado que estaba muerto.

Hoy todo es una maraña de trámites. De confusiones legales. Rubén murió en Estados Unidos pero no había acta de defunción aún a su nombre. Leandro en México. La familia desintegrada. Así de complejo es la urgencia o necesidad de algunos de cumplir el sueño americano.

Por: J. Gustavo C. C. // Whatsapp: (492)118-9458 // apoyoalmigrantezacatecas.com

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